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Perdida en el laberinto

“Érase una vez, una persona perdida en un laberinto. Cómo llegó allí, es otra historia: para resolver un misterio, quizá, o para encontrar un tesoro. En todo caso, ya ha olvidado cómo o por qué llegó allí. Tiene un vago recuerdo de un reino luminoso, o quizá el recuerdo de un recuerdo, que le dice que ese laberinto no es toda la realidad. Llegó allí de alguna manera y debe haber una forma de salir. Últimamente, le resulta cada vez más y más doloroso estar dentro. En el laberinto hace más y más calor y sabe que morirá si no encuentra pronto la salida. Lo que una vez fue una exploración emocionante, ahora se ha convertido en una trampa monstruosa.

Corre frenéticamente buscando la salida. A la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo, en círculos alrededor, topando con callejones sin salida y teniendo que retroceder, encontrándose una y otra vez de vuelta al punto de inicio. Empieza a desesperarse, después de todo ese esfuerzo, no ha logrado nada.

Un conjunto de voces en su cabeza le ofrecen consejo: cómo correr más rápido, cómo tomar mejores decisiones. Hace caso de una, luego de otra, pero no importa que el consejo sea distinto, el resultado siempre es el mismo. A  veces, entre la cacofonía, escucha también otra voz, una voz más tranquila que le susurra: “Detente.” “No estás yendo a ningún lado”, le dice. “Simplemente, para.”

Las otras voces se enfurecen: “No puedes parar. No puedes descansar. Solo usando tus pies saldrás de aquí; la situación es urgente y más te vale que los muevas rápido. La ventana de oportunidad se está cerrando. Ahora es el momento de la acción. Ya tendrás tiempo de descansar, después de haber salido.”

Entonces, corre tan rápido como puede, con la cabeza llena de nuevas estrategias, forzándose al mayor esfuerzo de que es capaz. Y de nuevo, otra vez, después de muchos giros y vueltas, se encuentra de vuelta en el centro del laberinto.

Esta vez tiene que parar. De puro agotamiento y desesperación, se derrumba en el suelo. El tumulto de consejos se apaga y deja su mente quieta por primera vez, como sucede cuando todas las opciones se han desvanecido y ya no se sabe qué hacer. Ahora tiene una oportunidad de considerar sus tribulaciones y en el espacio vacío de su quietud mental, nuevas comprensiones comienzan a surgir. Se da cuenta de que hay un patrón en sus extravíos. A lo mejor, si girara a la derecha después de cada giro a la izquierda… También recuerda haber pasado, al correr, oscuros pasadizos que no consideró porque no parecían prometedores. Recuerda haber vislumbrado puertas secretas que no exploró porque tenía mucha urgencia. En calma, empieza a comprender la estructura del territorio en el que ha estado corriendo.

A estas alturas, su latido y su respiración ya se han calmado junto con su mente y otro sonido llega a su consciencia. Es un hermoso sonido musical, ahora se da cuenta, siempre ha estado ahí, ahogado por el martilleo de sus pisadas y su agitada respiración. Ahora sabe que no debe volver a perder el contacto con ese sonido.

Comienza a caminar de nuevo, esta vez pausadamente. Sabe que si el pánico le invade y vuelve a correr (lo que sería comprensible, puesto que la crisis de la que está tratando de escapar es real), entonces caerá en los viejos hábitos. Guiado por sus recién adquiridas comprensiones, comienza a explorar los pequeños y oscuros pasadizos que antes había ignorado. Se detiene ante las portezuelas ocultas que le requieren mucho tiempo para descubrir cómo abrirlas. En ocasiones, las nuevas puertas y pasadizos le llevan a callejones sin salida también, pero -al menos- ahora tiene esperanza. Ahora se encuentra en un nuevo territorio, que no le es familiar. No se va a encontrar indefinidamente retornando al punto de inicio. Ahora su deambular tiene sentido.

A medida que deja atrás el territorio que le resulta familiar, su comprensión de la estructura de esa parte del laberinto comienza a ser menos y menos útil. Afronta las encrucijadas sin un mapa mental. ¿Debe torcer a la derecha o a la izquierda? En esos momentos, se detiene, se calma, escucha y sintoniza con ese sonido musical que mantiene en su conciencia. ¿De qué dirección llega ese sonido con más claridad? Esa es la dirección que elige.

En ocasiones, sigue la música y siente que le llevara por caminos erróneos. “Por ahí no puede estar la salida,” piensa. Pero entonces, el camino aparece de nuevo y cada vez logra confiar más y más en ese sonido que parece llamarle.

Siguiendo la música, finalmente, alcanza el pasillo final y lo reconoce por el brillo de la luz del día al final del mismo. Emerge a la soleada realidad que siempre supo que existía; es mucho más hermosa que lo que nunca se hubiera atrevido a imaginar. Y allí encuentra el origen de la música. Es su amante, quien le había estado cantando todo este tiempo.”

Esta fábula es el prólogo del libro de Charles Eisenstein, “Climate: a new story”.

En medio del laberinto en el que estamos atrapados, ofrecemos Ojo de Sol como una llamada a la escucha de nuestra más auténtica identidad, a la escucha de nuestro corazón, a la escucha de nuestro talento, a la escucha de nuestra capacidad de cooperación… y a la acción generosa, a la acción valiosa, a la acción responsable, a la acción coherente. como si fuera una nota de la melodía que ayuda a la persona perdida en el laberinto a encontrar la luz del día.

El último párrafo del libro:

“La visión de un mundo verde no es una fantasía; tampoco es realista. Lo que sí es, es que es posible. Requiere que cada uno de nosotros nos dediquemos, de manera irracional y sin garantía de éxito a nuestra singular y única forma de servicio. Esto requiere que confiemos en que sabemos que un mundo sanado, un mundo reverdecido, un mundo más hermoso es verdaderamente posible”

Ojo de Sol es la singular forma de servicio que hemos encontrado para dedicar nuestra energía y nuestro tiempo, de manera irracional y sin garantía de éxito confiando en que el mundo que soñamos es verdaderamente posible.